LA BABEL EUROPEA

El ingreso de diez países en la Unión Europea, ocurrido el 1o de mayo, viene a multiplicar el de por sí grave problema causado por la hegemonía de un solo idioma sobre todos los demás. Las nueve lenguas que vienen a sumarse a las once anteriores como oficiales de la Unión Europea representan un aumento en el número de documentos a traducir y publicar de casi el 38 por ciento. El número de direcciones a traducir —es decir, las combinaciones entre pares de lenguas— ahora es de 380, mientras que antes de la ampliación era de 110. La necesidad de traductores, como vemos, no aumenta en forma aritmética (no se necesitan sólo 9 o 18 traductores más), sino exponencial (se necesitan 270 más).

 

Y para quienes suelen considerar la importancia de un problema sólo por su costo, aquí están estas cifas. Antes del 1o de mayo, la Unión Europea empleaba a unos 1,300 traductores; después de esa fecha, el número de traductores prácticamente se tuvo que duplicar. El gasto anual por estos servicios, antes de la ampiación, era de 550 millones de euros; ahora será de más de 800 millones de euros.

 

Lo peor del asunto es que estos enormes costos no están justificados pues, si bien uno de los principios de la Comisión Europea es que cada representante puede hablar en su lengua materna, esta bonita declaración se ve anulada en la práctica. Aun antes de la oficialización del ingreso de los diez países, a mediados de mayo, cuando se realizaron algunas audiencias con quienes representarían a los nuevos países, el problema lingüístico asomó la cabeza en Bruselas. Así, el presidente de las sesiones, el francés Joseph Daul, pidió a todos que no hablaran demasiado rápido, para permitir la interpretación a las veinte lenguas. Sin embargo, poco después, la maquinaria se atascó. Las preguntas de los eurodiputados no eran traducidas directamente de una lengua a otra, sino a través de una “lengua puente”, en general el inglés o el francés. De este modo, la representante de Letonia, Sandra Kalniete, acabó renunciando a su derecho a expresarse en su lengua materna para hablar en inglés. Sin embargo, como lo señala el reportero del periódico Le Monde que informó del caso, “esta solución no es la panacea, como lo demuestran las dificultades que pasó Sandra Kalniete para expresarse en un lenguaje empobrecido, que no tiene más que una lejana relación con la lengua de Shakespeare”.

 

En la práctica, pues, los veinte lenguas de la Unión Europea se reducen básicamente a tres, de las cuales dos, el alemán y el francés, están perdiendo rápidamente su privilegio ante el inglés. Y siempre con afán de ser eficientes, el comisario encargado de la administración, el británico Neil Kinnock, recomendó a todos los funcionarios de la Comisión Europea que sean parcos en sus informes y que reduzcan el tamaño de los documentos, que ahora deberán de ser de 15 páginas en promedio, en lugar de las 32 anteriores.

 

“Sin ese tipo de medidas, estaríamos contra la pared”, se explica en el entorno de Neil Kinnock. Los documentos de uso interno no estarán disponibles, en el mejor de los casos, más que en las llamadas “lenguas de procedimiento”: el francés, el alemán y sobre todo el inglés, el cual ya se lleva la parte del león en los numerosos servicios de la Comisión. Las nuevas instrucciones habrán de reforzar el uso de la lengua de Shakespeare. La mayoría de los diez nuevos comisarios no dominan el francés lo necesario para hacer de él su lengua de trabajo.

 

De los textos destinados al uso externo, sólo los más importantes serán traducidos en las veinte lenguas oficiales de la Unión Europea. Proyectos de directivas, decisiones con valor legal, en materia de competencia, por ejemplo, serán traducidos sistemáticamente antes de ser hechos públicos. Pero la Comisión quiere sugerirle al Parlamento Europeo que, por ejemplo, no se traduzcan a todos los idiomas las respuestas todas a las preguntas planteadas por los diputados.

 

Para cualquier esperantista, estos gastos son exorbitantes y sus resultados poco menos que nulos. En efecto, de emplearse el esperanto en las instituciones europeas, las 380 combinaciones generadas por las 21 lenguas oficiales se reducirían a tan sólo 21 (si se siguiera traduciendo, por ejemplo, la intervención en una lengua nacional a la internacional o viceversa). Pero prácticamente desaparecería la necesidad de traducción.

 

¿Qué dicen los responsables de los servicios de traducción? Citamos a Eugene Nilda, de la Comisión Europea, quien después de hacer referencia a la multiplicidad de lenguas, señala:

 

Mucha gente exhorta el empleo de una lengua sintética, como el esperanto. Pero el vocabulario del esperanto está basado en gran parte en los idiomas indo-europeos y excluye a miles de otras lenguas. Pero el verdadero defecto del esperanto es su falta de una cultura que lo apoye. La lengua es siempre parte integral de una cultura: una de sus características más distintivas, un modelo de conceptos culturales correspondientes y el indispensable medio de transmisión de cultura de una generación a otra.

 

Si aceptamos el origen mayoritariamente indoeuropeo del léxico del esperanto como obstáculo para aceptarlo como lengua común en las instituciones europeas, no entendemos porqué el mismo señor Nilda agrega después, en tono triunfal, que la necesidad de una lengua común ya está satisfecha por el inglés, “la lengua oficial de la navegación aérea y el idioma más probable para las reuniones internacionales”.

 

Por lo demás, pretender que el esperanto carece de cultura es una muestra de ignorancia que ni siquiera vale la pena refutar en esta breve nota. Esperemos que los esperantistas europeos tengan la capacidad de combatir estos prejuicios pues, sin duda, el ejemplo que podría poner la Unión Europea en materia de política lingüística al adoptar el esperanto, sería un fuerte avance para reformar el injusto orden prevaleciente en este ámbito.

© Jorge Luis Gutiérrez

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