EN BÚSQUEDA DE LA LENGUA FILOSOFAL

Uno de los pensadores que más abordaron el problema de la creación de una lengua universal fue Wilhelm Leibniz, quien se planteó la necesidad de clasificar el universo para designar a todas las cosas de manera lógica. Leibniz abonó con su obra la idea de una lengua perfecta, cuyas palabras tuvieran una relación natural con los objetos e ideas que designaran. Una lengua que, como señalara en alguno de sus manuscritos, fuera “el más grande órgano de la razón”.

 

Entre sus antecesores, Leibniz cita a Raymundo Lulio, conocido de alquimistas y esoteristas. Lulio, llamado “El Doctor Iluminado”, es uno de los pioneros de la lógica matemática y de las máquinas lógicas. Concibió un ingenioso sistema de anillos, por medio del cual se combinaban los sujetos y predicados, a fin de extraer conclusiones válidas.

El filósofo catalán tuvo numerosos seguidores, entre ellos, Cornelio Agrippa, Giordano Bruno y Johan Heinrich Alsted. Este último sería el maestro de Comenio, quien también estuvo interesado en el problema de una lengua lógica, “instumento de la ciencia”; probablemente, bajo la influencia de su maestro Alsted.

Pero, ¿qué relación tiene la lengua internacional con el ocultismo? Es innegable que para el ocultismo, heredero del pensamiento mágico primitivo, el lenguaje, o mejor dicho, la palabra, tiene una importancia fundamental. James Frazer, en La Rama Dorada presenta numerosos ejemplos del valor sagrado del lenguaje entre los pueblos primitivos.

De los conjuros del hechicero a las invocaciones del mago sólo hay una diferencia de grados. Por tanto, Eliphas Levi, cabalista del siglo pasado, puede afirmar: “¿Qué cosa es la luz intelectual? Es la palabra… hablar es crear”.

Roberto Amadou es más claro al respecto: “La palabra es, ciertamente, la emanación misteriosa, pero bien real, de la idea.”

Todo el ocultismo está empapado de alusiones a un “lenguaje perdido”, “original”, el lenguaje que hablara Adán en el paraíso, y que se siguiera usando hasta la catástrofe de Babel. Fulcanelli, alquimista de este siglo, identifica esta lengua adámica con “la lengua de los pájaros”, la que, a su decir, habría sido utilizada para “imponer, bajo las órdenes de Dios, los nombres apropiados para definir las características de los seres y de las cosas creadas”.

Esta lengua de los pájaros es la cábala hablada, como lo señala Fulcanelli, y servirá para que el sabio pueda “ocultar al vulgo los principios de su ciencia”; verdadera lengua de la diplomacia, pues “incluye una significación doble, correspondiente a una doble ciencia, la una aparente y la otra profunda (del griego diple, doble y mate, ciencia)”.

A Roger Bacon, otro adepto de las ciencias ocultas, se le atribuye también el conocimiento de esa lengua. A decir de Parrot, poseía un profundo conocimiento del latín, del hebreo, del árabe y del griego, lo cual le permitió desarrollar una teoría general del lenguaje y encontrar la fuente de la cual emanan las lenguas: “La composición positiva de muchos idiomas (y) el análisis filosófico del entendimiento humano”. Y continúa Fulcanelli: “Se remontaba así a los orígenes de todas las nociones, simples o complejas, fijas o variables, verdaderas o erróneas que la palabra expresaba. Esta gramática universal le parecía la verdadera lógica y la mejor filosofía”.

La búsqueda de esa lengua “original” o “adámica”, no se limitó, por cierto, al ocultismo. En España, por ejemplo, durante mucho tiempo privó entre los lingüistas que la lengua hebrea era la madre de todas las demás.

En este punto se unen dos problemas de la lingüística. El primero, es el de la relación entre la lengua y la realidad. Si como afirma Saussure, el signo es arbitrario, las pretensiones invocatorias de los conjuros, no pasan de ser meras charlatanerías. Pero para el ocultista, como afirma Fabre d’Olivet, sucede todo lo contrario: las palabras, “lejos de estar arrojadas al azar, y formadas por la explosión de un capricho arbitrario, como se ha pretendido, han sido producidas, por el contrario, por una razón profunda”. Esta “razón profunda” es, como diría los lingüistas, la relación que existe entre la palabra y la idea, entre el significante y el significado.

El otro problema se refiere al origen de las diversas lenguas. Bajo la tutela de la Iglesia Católica (mejor dicho, de la Inquisición), los pensadores antiguos no tenían más remedio que aceptar el origen babélico de las lenguas. La búsqueda de la lengua adámica estaba, por lo tanto, plenamente justificada.

No podemos desdeñar esta forma de pensamiento, si bien el pudor positivista del siglo pasado llevó a negarla. Pues sólo así se entiende el afán de elaborar (o reelaborar, según algunos) una lengua perfecta, la obsesión revisionista, que los hacía desechar un proyecto tras otro.

Más adelante, la búsqueda no era la de la “lengua perfecta”, sino de la “lengua natural”. Y su influencia no sólo fue negativa. Así como los alquimistas en su afán de encontrar la piedra filosofal, echaron las bases de la moderna química, de la misma manera la búsqueda de la lengua filosofal sirvió para delinear la futura lengua internacional.

Su aspecto negativo fue el de retardar la aceptación de una lengua, empeñados como estaban en encontrarla perfecta, desviándolos del sentido original de sus esfuerzos. En efecto, como diría más adelante Lázaro Zamenhof, creador del esperanto, no tiene sentido discutir si es mejor formar el plural con “s” o con “i”, si la mejor terminación verbal es con “are” o si es necesaria la declinación del acusativo.

Ni lengua perfecta ni lengua natural; lo que el mundo necesita es una lengua internacional, fácil de aprender para todos y que esté por encima de cualquier matiz político, de modo que sirva para la expresión de todas las culturas, de todos los pueblos.

 

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