HEGEMONÍA LINGÜÍSTICA Y HEGEMONÍA POLÍTICA

En la actualidad, constituye un lugar común decir que el inglés es el idioma internacional; que basta con aprenderlo para hacernos entender en todo el mundo; que quien sabe inglés tiene las mejores oportunidades laborales, culturales, etc. Basta hojear un periódico y buscar los anuncios de las más modestas academias de idiomas, para ver cómo el inglés es vendido como “la llave del mundo”.

Algo hay de cierto en estas pretensiones. Pero conviene matizarlas.

El inglés surge como contendiente en la escena lingüística internacional a principios de siglo, debido en especial al expansionismo de la economía norteamericana. Las guerras de conquista territoriales de antaño, son substituidas por la apertura de nuevos mercados. Detrás de cada maquinaria norteamericana llega el técnico, el asesor, el ingeniero, bien dispuestos a instruir sobre su uso, siempre y cuando dicha instrucción fuera en inglés. Los técnicos del nuevo imperio, no podían distraer su tiempo en aprender idiomas. Por su parte, el comprador, ansioso de incorporarse al mundo de la modernidad, no ponía ningún reparo en esta situación.

El argumento más fuerte que se esgrime en la defensa del inglés como idioma internacional es siempre de orden práctico: se habla de las ventajas que representa su posesión, de los mundos que abre a sus felices hablantes; pero jamás se alude a su característica fundamental: el inglés es el idioma del imperio y éste nunca condescenderá a hablar nuestra lengua. Aprendamos pues, la suya.

Un ejemplo del uso de esta argumentación lo tenemos en nuestro país, cuando de decidió suprimir la enseñanza del latín en la Escuela Preparatoria, para poder ampliar la del inglés. En El Imparcial del 4 de enero de 1902, leemos lo siguiente:

Así desaparece de la educación preliminar a los estudios profesionales, una de las materias (el latín) más perfectamente inútil al plan que debe basarse la enseñanza preparatoria… dando entrada al conocimiento más amplio y formal de otra materia (el inglés) de utilidad inmediata, de necesidad positiva, arma de preparación que puede servir al joven que sale de la Escuela en su próximo combate por la vida… Y no hay que malgastar tiempo en demostrar la utilidad el inglés, ya que en todos los establecimientos figura a la cabeza de todos los estudios.

Con tales argumentos, el Congreso no tuvo empacho en mandar al latín al desván de cosas inservibles. Al mismo respecto, pero en sentido contrario, se pronuncia Vasconcelos: “Se daba pues, el caso de que un país latino suprimía de sus programas la enseñanza del latín, en tanto que el vecino país sajón multiplicaba universidades y colegios en que el latín es obligatorio”.

En el fondo, esta cuestión era política: los conservadores defendían el uso del latín, mientras que liberales y positivistas proponían al inglés. Con el aval del Congreso, Este pudo entrar por la puerta ancha.

No hemos traído a colación este asunto para revivir viejas rencillas entre liberales y conservadores, sino para ilustrar el carácter político inherente a toda decisión respecto al idioma. En realidad, no se hacía ?al introducir al inglés en la enseñanza? más que interpretar en el campo educativo las necesidades del régimen. Para que se pudiera llevar a cabo la ampliación industrial del país, se necesitaba que nuestros estudiantes contaran con esa “arma para la vida”: el inglés. El francés era enseñado desde la primaria, de tal forma que nuestro país se preparaba en todos los órdenes para entrar de lleno en el mundo civilizado.

Lengua y dominación

La hegemonía del inglés se estableció gracias al expansionismo del capital transnacional. Esta hegemonía es, como la entiende Gramsci, ejercida como una atracción por parte de la clase dominante. De tal forma, los dominados no sólo la aceptan, sino que se muestran más que ansiosos por recibirla. Esta aceptación siempre es esgrimida como defensa, en cuanto se ataca la hegemonía del inglés. En efecto, si todo el mundo lo aprende, ?no es esta una decisión democrática? ?No debemos, por lo tanto, respetar esta situación y dejar que en materia lingüística sea decidido democráticamente? Aparentemente, sí. Sin embargo, en su obra sobre Gramsci, Portelli aclara este punto:

…la clase fundamental a nivel estructural dirige la sociedad por el consenso que obtiene gracias al control de la sociedad civil; este control se caracteriza fundamentalmente por la difusión de su concepción del mundo entre los grupos sociales, que deviene así sentido común.

El consenso que existe respecto al uso del inglés por tanto, no se produce libremente. Por el contrario, se impone gracias a la hegemonía. La expansión del inglés fuera de su ámbito original es visto como algo “lógico”, “natural” y hasta “necesario”, por lo mismo, cualquier posición contraria, será vista con recelo.

Condiciones de una lengua internacional

Walter Porzig, al hablar de las cualidades que elevan a una lengua a nivel internacional, señala la supremacía política, el prestigio cultural y la amplitud de dominio.

En lo que se refiere al prestigio cultural, los medios de comunicación juegan un importante papel. En efecto, al estar al servicio de la clase dominante, los medios difunden las nociones que sirven a sus intereses. Tal y como advierte Moragas, la comunicación entendida de esa forma, se dirige a fomentar el desarrollo de los pueblos siguiendo el camino trazado por los países industrializados:”…se convierte, y ello sin entrar en la influencia concreta de los mensajes publicitarios, en una inmensa maquinaria de publicidad de los productos… norteamericanos, así como de sus índices de consumo y caducidad”.

No entraremos a discutir aquí si el prestigio del inglés es merecido o no. En este punto sus apologistas recitan una larga lista de escritores, empezando por lo regular con Shakespeare y terminando con Joyce o Faulkner. Tampoco averiguaremos si nuestros estudiantes, “armados para el combate por la vida”, son capaces, después de seis años de estudios obligatorios, a leer a esos autores en su idioma original. Y si se enfatiza la importancia del inglés para conseguir trabajo, no se hace más que reconocer la vergonzosa presencia de las transnacionales en nuestro país.

No podemos por tanto, hablar de “prestigio cultural” para entender la presencia del inglés, sino del “prestigio comercial”. El inglés ha traspasado las fronteras gracias a Wall Street y la Casa Blanca, y no por el mérito de Dos Passos y Hemingway.

Obviamente, el inglés no se aprende como un ejercicio abstracto de memorización de gramática y vocabulario, sino a través de la lectura de libros y revistas, apoyado con películas y canciones, e incluso con viajes. De esta forma, junto con el sistema lingüístico, se absorbe un modo de vida.

En principio, esto es muy loable. Se aprende a valorar otro estilo de vida, se conocen otras mentalidades, el individuo tiene ante sí, una ventana abierta. ¡Bravo! Se produce así una saludable transfusión que viene a elevar el nivel de vida de los pueblos. Por otra parte, el conocimiento recíproco de las naciones, las acerca y favorece su colaboración. Perfecto.

Desgraciadamente, en la actualidad las cosas son diferentes. En primer lugar, porque este proceso es unilateral, lo cual no favorece en nada el entendimiento mutuo. Todo lo contrario, este desequilibrio aumenta los contrastes y garantiza su autorreproducción. Mediante el recurso selectivo del conocimiento del idioma, las transnacionales aseguran que sólo cierta clase llegue a ocupar posiciones de importancia.

Al tiempo, esto agudiza las contradicciones en el seno de la sociedad invadida. Saber inglés ¿saberlo bien? se vuelve un signo de clase. Al verse sometido directamente a la información proveniente de Estados Unidos ¿vía satélite, o por cable, o por medio de revistas y películas? el individuo va diferenciándose en el modo de vida de aquellos que no están sujetos a este proceso. Digámoslo de una vez: el país se divide entre quienes tienen antena parabólica ?o por lo menos cablevisión? y quienes reducen su fuente de información a la lectura semanal del “Libro vaquero”.

¿Identidad cultural en la aldea global?

¿Qué fácil sería desarmar este argumento! En efecto, ¿a título de qué podemos entablar la defensa de una identidad cultural, si sus propios portadores la dejan al garete, tachándola de anacrónica? La modernidad, señores, se expresa en inglés.

Convendría detenernos un poco en este punto. Veamos, ¿qué tan cierto es esto de que los propios portadores de una cultura se afilian en masa a la cultura dominante? Puede ser, pero en todo caso, es una afiliación forzada. Por ejemplo, los hablantes de persa, unos cincuenta millones, se ven obligados a aprender inglés, francés o alemán, si quieren realizar estudios universitarios. Podemos pasar por alto que este aprendizaje de idiomas les representa una quinta parte del tiempo de estudios, y los 400 millones de dólares que les costó en 1977, lo que no podemos dejar de notar, es que después de siete años de estudio, no sean capaces de escribir una sola frase correcta, como reconocía el Ministro de Educación de Irán.

Será por tanto, una pequeña porción de los estudiantes ?precisamente aquella que disponga de los recursos necesarios para aprender bien una lengua extranjera? la que está posibilitada para continuar sus estudios universitarios.

Como vemos, la situación se reproduce a sí misma. Además, podemos notar que los estudiantes eligen un idioma, no por desprecio a su propia cultura, sino por necesidad de aprender una carrera.

En cuanto se habla de identidad cultural, podemos asegurar que se camina por el filo de la navaja. Cassen advierte que: “Hay dos escollos que es preciso evitar: por un lado, la aceptación pasiva de una lengua internacional única (como el inglés; N. del R.), y por el otro, la crispación del repliegue sobre sí mismo”.

Ahora bien, ¿qué propone Cassen como remedio a la hegemonía del inglés? “El aprendizaje del ruso, del árabe, del chino, pero también del italiano, del holandés y de las demás lenguas europeas”. Si esa fuera la solución, preferimos vernos invadidos por las transnacionales y su idioma, que dedicar toda nuestra vida al aprendizaje del ruso, el chino, el árabe y demás lenguas.

Viendo los magros resultados de la enseñanza del inglés y de lo que representa en términos del presupuesto nacional, ¿arriesgaremos a jugar la carta del multilingüismo?

Si hemos visto que es necesaria una lengua internacional, pero al mismo tiempo esta representa un riesgo para las demás lenguas y culturas, ¿qué remedio queda?. Alentar el multilingüismo es darle vueltas al asunto y dejarlo igual: únicamente cierta clase social podría ser políglota. El monolingüismo es imposible en nuestra época. ¿Y una lengua internacional es peligrosa!

Precisamente éstas eran las conclusiones a que llegaron numerosos pensadores, antiguos y modernos, en cuanto al problema de una lengua común. Si la lengua internacional es peligrosa por representar los intereses de un país, ¿será posible elaborar una lengua carente de tales peligros?

©Federación Mexicana de Esperanto.

 

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