EL ESPERANTO EN EL DEBATE GLOBAL

por Jorge Luis Gutiérrez
Ante el debate que se ha producido este fin de milenio, el esperantista no puede dejar de sentirse hecho a un lado. En efecto, los grandes temas que se ventilan en los foros internacionales corresponden, por lo general, a las graves preocupaciones de los estadistas: la economía, las finanzas internacionales, la formación de bloques de países que constituyan enormes mercados, capaces de sostener el ritmo de producción y de consumo que reclama la era moderna, estos tiempos tan globalizados en que nos ha tocado vivir.

Por ejemplo, en el foro económico de Davos, Suiza, inaugurado el jueves 27 de enero de 2000, según las notas periodísticas se abordaron los temas de comercio, economía, tecnología, ambiente, ciencia, medicina y cultura “frente al nuevo milenio”.

Podemos dispensar este manejo demagógico del “nuevo milenio”, presentado como oportunidad de reexaminar los problemas del mundo, como si no hubiera sido posible hacerlo en cualquier otra fecha. Lo que no podemos dejar de observares que el tema del lenguaje queda arrinconado dentro del más general de “cultura” y éste es sólo uno de los muchos que preocupan a los dirigentes mundiales.

En ese foro de Davos, Ernesto Zedillo criticó a los “globalófobos”, encomiando las bondades de la globalización que se nos impone.
Y ya habrán surgido comentaristas y observadores que analicen sus sesudas palabras. Pero, ¿nadie va a explicar porqué las pronunció en inglés? Si desde MacLuhan se dice que
el medio es el mensaje, ¿no tiene ninguna importancia que el presidente de un país latinoamericano vaya a Suiza a hablar en inglés?

No es que el esperantista sea ajeno a las preocupaciones de la vida internacional. Por el contrario, dada su continuo trato con personas de todo el mundo, su acceso a la cultura de cualquier pueblo y, por principio de cuentas, su interés en participar en plano de igualdad en el ámbito internacional –que fue lo que lo llevó a aprender la lengua–, el esperantista está en la primera línea para sentir en carne propia los problemas mundiales.

Desde el control de cambios –verdadero obstáculo para comprar libros en el extranjero y pagar cuotas a las organizaciones internacionales–, hasta las restricciones migratorias que le impiden participar en congresos, por no hablar de las condiciones específicas de los países del tercer mundo, en el que esas actividades alcanzan el rango de auténticos lujos, el esperantista no escapa jamás a las determinantes sociales.

Pero al revisar los temas que ocupan los titulares de la prensa, el esperantista nunca se topa con el que se encuentra en el centro de sus afanes: el problema lingüístico. Tal pareciera que no existe. Y esto, por decirlo menos, crea una compleja sensación de estar marginado de las grandes corrientes de la vida actual. ¿Por qué, se pregunta el esperantista de nuestro ejemplo, nunca dicen en qué idioma se llevaron a cabo las discusiones del tratado de libre comercio de América del Norte? ¿Cómo es posible que exista una entidad política como la Unión Europea con más de doce lenguas? ¿Cómo dialogan los israelíes y los palestinos? ¿En qué idioma pueden entenderse rusos y chechenios?

Cuando más, el problema lingüístico es considerado parte de un tema mayor: el de los derechos humanos. En efecto, a lo más que se ha llegado a penetrar en la conciencia de la gente es en el reconocimiento de que cada pueblo tiene derecho a salvaguardar su idioma, siempre considerado éste como parte de sus tradiciones culturales. Es decir, no se hace explícito el derecho a usar la lengua materna, sino que sólo se le implica al hablar de la necesidad de proteger la diversidad cultural del planeta

Y si el esperantista no entiende porqué se hace a un lado un problema que para él es tan grave, y que tiene tantas implicaciones, para quienes están fuera del movimiento esperantista dicho problema simplemente no existe. Aun peor, de existir, “ya se resolvió”, pues, ¿no es cierto que todo el mundo habla inglés? ¿Qué problema, pues, pretende resolver el esperanto?

Por ende, plantear que el movimiento esperantista está dirigido únicamente a resolver el problema de la diversidad de idiomas conduce, inevitablemente, a este callejón sin salida. Nuestros esfuerzos, pues, se han de encaminar a insertar al esperanto en un ámbito más amplio, a sacarlo de la competencia de las academias de idiomas y a situarlo en la base de los grandes debates del mundo contemporáneo.
El razonamiento es sencillo: sin una lengua común, pero que sea democrática y no establezca ventajas para ninguno de los participantes, todo diálogo estará viciado desde su inicio.

©Federación Mexicana de Esperanto

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